Todo cambia, hasta el "yo" cambia.
Por Mingyur Rinpoche

La mayoría de las personas están condicionadas por las sociedades a las que pertenecen, a aplicar etiquetas conceptuales a la cadena en constante mutación de los fenómenos mentales y materiales. Por ejemplo, cuando miramos atentamente a una mesa, todavía la etiquetamos, de modo instintivo, como una mesa - a pesar de haber visto que no es una cosa única, sino algo compuesto de varias partes diferentes: una parte superior, las piernas laterales, una parte trasera y una parte delantera. En realidad, ninguna de esas partes podría ser identificada como la propia "mesa". En realidad, "mesa" fue sólo un nombre que aplicamos a un fenómeno que surge y se disuelve rápidamente y que meramente produce la ilusión de algo definitivo o absolutamente real.
De la misma forma, la mayoría de nosotros fuimos entrenados para relacionar la palabra "yo" a una cadena de experiencias que confirman nuestro sentido personal de nosotros mismos o lo que se ha convenido llamar "ego". Sentimos que somos esa entidad singular y única que continúa inmutable a lo largo del tiempo. En general, tendemos a sentir que somos hoy la misma persona que éramos ayer. Nos acordamos de ser adolescentes y de ir a la escuela y tendemos a sentir que el "yo" que somos ahora es el mismo "yo" que iba a la escuela, creció, salió de casa, consiguió un empleo y así sucesivamente. Si nos miramos en un espejo, podemos ver que este "yo" cambió a lo largo del tiempo. Tal vez podamos ver arrugas ahora que no existían hace un año. Tal vez ahora estemos usando gafas. Tal vez tengamos cabellos de color diferente - o, quizá, no nos haya quedado ningún cabello. En un nivel molecular básico, las células en nuestros cuerpos siempre cambian, a medida que las células viejas mueren y se generan nuevas células. También podemos analizar ese sentido de individualidad de la misma forma como miramos a la mesa y ver que esa cosa que llamamos "yo" en realidad está compuesta de varias partes diferentes. Ella tiene piernas, brazos, una cabeza, manos, pies y órganos internos. ¿Podemos identificar cualquiera de estas partes separadas como definitivamente el "yo"?
Podemos decir: "Bueno, mi mano no soy yo, pero es mi mano." Pero la mano está compuesta de cinco dedos, la palma y la espalda de la mano. Cada una de estas partes puede ser desmembrada en partes aún más pequeñas, como uñas, piel, huesos y así sucesivamente. ¿Cada uno de estos componentes pueden ser definido como nuestra “mano”? Podemos seguir esa línea de investigación hasta los niveles atómicos y subatómicos y aún encontrarnos con el mismo problema de ser incapaces de encontrar algo que podamos definitivamente identificar como "yo". Así, independientemente de que analizamos objetos materiales, el tiempo, nuestro "yo" o nuestra mente, tarde o temprano, alcanzamos un punto en el que percibimos que nuestro análisis ya no se sustenta. En ese punto, nuestra búsqueda de algo irreductible finalmente entra en colapso. En ese momento, cuando desistimos de buscar algo absoluto, experimentamos por primera vez la vacuidad, el infinito, la esencia indefinible de la realidad como es.
A medida que contemplamos la enorme variedad de factores que deben unirse para producir un sentido específico de individualidad, nuestro apego a ese "yo" que creemos que somos comienza a deshacerse. Nos sentimos más dispuestos a abandonar el deseo de controlar o bloquear nuestros pensamientos, emociones, sensaciones y así sucesivamente, y empezamos a vacilarlos sin dolor o culpa, absorbiendo su paso como manifestaciones de un universo de posibilidades infinitas. Al hacer esto, retomamos la perspectiva inocente que la mayoría de nosotros conocía cuando era niño. Nuestros corazones se abren a los demás, como flores en la primavera. Nos hacemos mejores oyentes, somos más conscientes de todo lo que pasa a nuestro alrededor y somos capaces de reaccionar con más espontaneidad y adecuación a situaciones que solían preocuparnos o confundirnos. Lentamente, tal vez en un nivel tan sutil que no podemos darnos cuenta de que está sucediendo, nos vemos despertando a un estado de espíritu más libre, límpido y afectuoso, con el que jamás soñamos.
Pero es necesario tener mucha paciencia para aprender a ver esas posibilidades. En realidad, es necesario tener mucha paciencia para ver.
En el libro "La Alegría de Vivir - Descubriendo el Secreto de la Felicidad" de Mingyur Rinpoche.